Tres palabras bastaron para hacer trizas lo poco que quedaba de una vieja amistad. Hoy recordamos el episodio como un momento inolvidable, surrealista, una alucinación febril capaz de dejar boquiabiertos a los televidentes más legañosos. Algo de fantástico hubo en todo aquello. Y no es que celebremos tamaña insolencia contra el más universal de nuestros novelistas, pero vamos, escuchar a Hernando de Soto decir lo que le dijo a Mario Vargas Llosa el domingo 25 de abril de 1993 fue uno de las mayores delicias que nos pudo dar el periodismo televisivo en los noventa. Cuánta elocuencia. Cuánta claridad. Cuánta desfachatez e inclemencia revelándose contra el aletargado espíritu de una ciudad acostumbrada a hablar bajito. En el país de las medias tintas y los murmullos, De Soto había tomado el otro sendero.

Eran los años en que Vargas Llosa andaba peleado con el Perú. Poseedor de una visión de futuro que hoy tenemos que reconocerle (y con una gigantesca dosis de resentimiento, también), el escritor se negó a aceptar el hecho de que Fujimori hubiera recibido el respaldo popular y que la OEA le hubiera dado el visto bueno a su gobierno luego de la conformación del Congreso Constituyente Democrático. La intransigencia de Vargas Llosa rozaba el fanatismo: “Los medios de comunicación tratan de presentar la dictadura de Fujimori como de gran apoyo popular, lo cual es totalmente falso”, declaró ese año en México, cuando Fujimori tenía índices de aprobación que rozaban el ochenta por ciento. En la entrevista que nos concierne, Hernando de Soto criticaba a Vargas Llosa por utilizar su influencia para solicitar a organismos internacionales el cese de créditos financieros para el Perú. De pronto, y sin que Denis Vargas se lo preguntara, De Soto dijo tener una definición precisa de qué era Vargas Llosa para él:

—Un hijo de puta.

Denis Vargas Marín repreguntó visiblemente consternado y De Soto volvió a pronunciar cada una de las sílabas. Hi-jo-de-pu-ta. También defendió el insulto arguyendo que era muy castizo y peruano. Durante los siguientes días, hubo reacciones de todo tipo. La revista Caretas publicó un editorial en el que califica el insulto de De Soto de “deplorable” y “matonesco”. El Movimiento Libertad censuró en un comunicado las declaraciones, “por el uso de un lenguaje procaz e inaceptable en un programa televisivo”. Hasta la Dra. Martha Hildebrandt se pronunció en la revista TV + defendiendo el uso del epíteto: “¿Y por qué excluir de la cultura una expresión como “hijo de puta”, que está en Cervantes?”

Años después, el periodista Beto Ortiz deslizaría la versión de que el insulto era parte de un libreto preparado con anterioridad. Incluso, dijo, De Soto habría llegado a ensayar antes de la entrevista. Guido Lombardi no había asistido a Panorama, justamente, porque trabajaba para el Instituto Libertad y Democracia (fundado por De Soto) y sabía bien lo que iba a ocurrir. Preparada o espontánea, al cabo de casi 16 años la mentada de madre de Hernando Soto sigue generándonos una mezcla de sorpresa, incomodidad y vergüenza ajena. Por suerte, De Soto se encargó de calmar los ánimos años después al decir que aquello había sido solo una “pelea de arequipeños”.

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