
Nuevamente las aulas estudiantiles se tiñen de sangre. El pasado jueves 21, un estudiante mató a tiros a otro, de 16 años, durante una disputa en una escuela secundaria en Knoxville, Tennesse, mientras otros adolescentes miraban horrorizados cómo la víctima se tomaba el pecho y caía al suelo. Dicen que fue por una disputa amorosa. ¿Qué pasa en los colegios de este país que frecuentemente se dan estos lamentables hechos?
Para nadie es un secreto que matar en Estados Unidos es fácil. Demasiado fácil. El país está inundado por armas de fuego. Hay millones de rifles y pistolas en casas, oficinas, tiendas y escuelas. Y todo es perfectamente legal. Hasta comprar una pistola en este país es muy sencillo. Vas a la tienda, escoges la que más te gusta, revisan si tienes antecedentes penales y luego de una breve espera -que varía de estado a estado pero que casi nunca pasa de un mes- tienes la capacidad de matar con arma de fuego. Así de sencillo.
Como si estuviéramos en el Viejo Oeste, portar armas está protegido por la constitución norteamericana. La segunda enmienda establece que “no será violado el derecho del Pueblo a obtener y portar armas.” Y cada vez que se monta un esfuerzo para limitar, regular o desaparecer el derecho a portar armas, se arma un tiroteo legal que lo impide. Es que el lobby y los grupos de poder en torno a su fabricación y venta es poderosa. Y todo es por política. Sus millonarias contribuciones a las campañas políticas determinan el futuro de muchos congresistas. Por eso casi nada se mueve en Washington sin su apoyo. Y no están dispuestos a negociar. Se nos viene a la mente las palabras del actor Charlton Heston, quien sugirió en el 2001 que solo entregaría sus armas de sus “frías y muertas manos”.
Se dice que la violencia es parte de la sociedad norteamericana en niveles que no se ven en otros países. Y esto va mucho más allá de portar armas de fuego. Me sorprenden los innumerables juegos de videos para niños cuyo propósito es asesinar digitalmente al oponente. Con estos videojuegos nuestros pequeños aprenden a herir, golpear y, eventualmente, decapitar y matar a sus contrincantes. En ese mundo ilusorio la muerte no tiene consecuencias. Pero en el nuestro sí. Los universitarios de hoy en día llevan al menos una década jugando a matar en videos.
Para muchos de nosotros estas noticias nos escarapelan el cuerpo pensando que tenemos hijos, sobrinos, ahijados o amigos en las escuelas donde estas balaceras son demasiado frecuentes. Y lo más triste es que nuestros políticos se lavan las manos como Pilatos, mientras que los estudiantes estudian y juegan a la ruleta rusa sobre sus cabezas. En menos de un segundo pueden ser asesinados dentro de una clase de alemán o de historia, o mientras comen un sandwich en la cafeteria del lugar. Me hace temblar la brevedad de la vida. Es un frío soplido en este verano sangriento en los Estados Unidos.
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