
El próximo mes se conmemora los 80 años de la fundación de la desaparecida línea aérea Faucett, la ex primera línea aerocomercial del Perú. Si bien los aviones naranja nos llenan de recuerdo, ello es motivo de satisfacción y orgullo para quienes viajamos y contribuimos a su grandeza. Dicha empresa nacional llegó a dominar más del 50% del mercado nacional en sus mejores tiempos. Durante su larga vida, debió sortear diversas turbulencias, como tantas otras en el mundo, pero en este caso el propio Estado peruano decretó su muerte en 1998 con el gobierno de Fujimori. No la salvó ni el hecho de que sus primeros aviones fueran naranja, ni que sus capitales fueran del esfuerzo de peruanos.
Una primera reflexión es que, como producto de la política de privatizar todo lo que se mueva en el menor tiempo posible, implementada en los 90, nos quedamos sin línea aérea de bandera. La política de libertad irrestricta, que propiciaba la entrada de cualquiera al negocio, resultó un fiasco completo. Varias compañías, de dudosa calidad, incursionaron en el mercado y terminaron quebrando, algunas después de mortíferos accidentes. Algo similar ocurrió con Aeroperú, cuyo proceso de privatización se orientó a impedir que capitales peruanos lo adquirieran, con lo que Aeroméxico se quedó con la empresa. Después, cuando la aerolínea quebró por la pésima gestión económica y administrativa de sus compradores, el gobierno no hizo nada para reflotar la empresa.
De igual forma pasó con la empresa Aerocontinente, que trato de alzar vuelo, pero se estrelló ante políticas y acuerdos comerciales que beneficiaron la incursión de Lan Peru, de capital chileno mayoritariamente, que domina con holgura el mercado aéreo peruano tras la desaparición de su competidora Aerocontinente. Es decir, un monopolio total, controlando el 80% de los vuelos nacionales e internacionales.
Las generaciones de peruanos que por años viajamos en sus aviones naranja -y luego pintadas con la bicolor- llevamos en el corazón ese sentimiento de gratitud y reconocimiento para quienes como Elmer Faucett nos dejó como legado, una empresa que, en su tiempo, fue orgullo del Perú.
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