Delirios patrios en la colonia peruana más grande del mundo.Main Avenue es casi La Colmena, pero Market Street es puro Perú. La desportillada calle comercial del downtown patersoniense exhibe tantos negocios peruanos que un recién bajado como el que escribe sufre la sorpresa de su vida: oh, my God. Pero esto es una pesadilla. ¡Gamarra en temporada navideña! ¡José Díaz después de un Perú-Chile! Miles de compatriotas, ¿cincuenta mil, cien mil?, convierten la opaca arteria de New Jersey en una Lima paralela en pleno Estados Unidos. Aquí se atropellan como en procesión del Señor de los Milagros aquellos que se marcharon del Perú pero que nunca pudieron irse del todo.
Esos forajas del Llauca, esa jerga de Ciudad del Pescador, esas tías de Sullorqui, esas bellezas de la Avenida Perú, esos galancetes de Barrios Altos, esos hooligans de Comas, esos manifestantes de la CGTP, esas escupidas de cambista, ese travesti de la avenida Canadá, esos anticuchitos con ajicito verde, esos tallarines rojos, esos baldes con chicha, o sea toda la plaza San Martín, todo el Mercado Central, toda la avenida Sáenz Peña, todo el Parque Universitario estaba de pie aquí para crear una atmósfera sacada de La Dimensión Desconocida. Una Lima perdida en otra galaxia del universo. Porque la Lima que estamos viendo, a solo media hora de Nueva York, no es la Lima de Plus TV. La Lima de la que hablamos es la Lima de Chacalón, la Lima de Agua Dulce y la Lima de la avenida Wilson.
Pero, si esto es USA, dónde están los gringos, los herederos de las Trece Colonias, los colorados que crearon la Coca-cola después de arrojar al mar el té inglés, los que lanzaron en transbordador a un peruanillo de indias. Obviamente no están aquí. Porque desde hace buen tiempo aquí solo hay peruanos, dominicanos, boricuas, árabes y negros. Los gringos que quedan -es cierto, por ahí hay algunos-, esos gringos no se afeitan ni se bañan y andan chinos de risa con tanta droga que se meten. Pero los gringos que tienen los mejores puestos de trabajo en Manhattan hace tiempo se mandaron construir alejados y pacíficos condominios con club house, piscinas y canchas de tenis donde todavía se sienten como en los años 50. Otros gringos, digamos los de mando medio, los que almuerzan en Longhorn, permanecen aun en la ciudades vecinas, donde la mancha hispana no toca el corazón del distrito. Allí pueden verse sus alineadas casitas armadas con blancos listones de madera y tejados grises, creando una armonía tan diferente, tan lejana de la aperuanada Paterson, de Paterson la horrible.

Habíamos llegado en vuelo directo de Atlanta a Newark, el aeropuerto internacional de New Jersey, y desde allí un taxista haitiano nos había llevado a Paterson por 50 dólares a través de añosas pero rápidas autopistas. Pero en vez de dejarnos en Barclay con Maine, como habíamos quedado, tuvo que abandonarnos en una callejuela tipo alrededores de la avenida Argentina, a dos cuadras de Market Street, a más de un kilómetro y medio de nuestro destino final. Y es que la ciudad de Paterson era un carnaval blanquirrojo bajo 41 grados centígrados de temperatura. Decenas de policías de azul desviaban el tráfico para despejar la Maine Avenue. Y es que por esa avenida estaba pasando la Gran Parada Peruana.
Lo de “gran” no es exagerado. El desfile de personalidades cívicas, bandas folclóricas, caravanas de autos embanderados, buses con vivas al Perú y anuncios de Lima-El Troca-Lima pintados en los parabrisas, carros alegóricos cargados de reinas de belleza, reinas del festejo, reinas por un día, reinas de la faja, intérpretes de música negra, orquestas de salsa, marchas de señores disfrazados de incas, perros chuscos llevados por sus amos y hasta acollerados bailarines bolivianos de saya, todo ese desfile que mantenía cautiva la atención de miles de peruanos a lo largo de kilómetros, toda esa procesión de tías disfrazadas de Mama Ocllo, y esos altavoces emitiendo arengas deportivas estaba batiendo todos sus records, pues había empezado en la ciudad de Passaic, había pasado por Clifton y estaba concluyendo en Paterson. Tres en raya para la dicha perucha.
La Parada Peruana es una institución muy patersoniana, tanto así que los miembros de otras colonias también sacan su perezosa a la calle para ganarse una ubicación preferencial. Árabes y dominicanos ven con ojos pasmados las evoluciones coxiculares de las morenas chinchano-americanas, descalzas y con el pecho bien en alto, mientras la batidora que tienen por caderas cambia de revolución según el ímpetu de las ovaciones.

Nosotros caminábamos boquiabiertos, olfateando y siendo olfateados, reconociendo la atmósfera preñada de peruanidad, escudriñando si esos sanborjas con pinta de Destructores eran centroamericanos o barraconeros, escuchando el acento y la jerga de esa Lima que jala con los dientes su trozo de carne a la parrilla, de esa Lima que se toma su chelita en la esquina, aunque aquí esa costumbre tenga pena de cárcel.
De hecho, fuera del local de las viejas glorias chalacas del futbol, varios compatriotas que años antes tomaban sol en la Mar Brava estaban saboreando unas cervezas camufladas en bolsitas de papel. Y justo íbamos a preguntarles cómo hacen para beber sin que la policía gringa los arreste, cuando una camioneta con la chapa de la ley se paró en una esquina.
-La batida!
-Los tombos, los tombos!
Pero si era la misma adrenalina de los barrios limeños. Un chalaco de lentes tan oscuros como sus años en el Perú, no sabía si correr a la esquina contraria o quedarse parado como una estatua de Toledo conteniendo el tufo. Otros, avispados, se metieron dentro del local, que era menos una liga de futbol que un salón de full-vaso. Los tres policías, muchachones hispanos, se acercaban haciéndose los distraídos. Es que no querían que los Barracones salieron a pitear por un compatriota en desgracia. El chalaco estaba tan tieso que no escuchaba las demandas de meterse al local, carajo, que sus compadres le hacían a través de una ranura de la puerta.
- Quién chucha me va a quitar la chela.
Entonces alguien lo jaló del pescuezo y lo metió con botella camuflada y todo dentro del edificio. Los policías sonrieron para nuestra cámara, felices de cumplir con su chamba sin enfrentarse a los personajes de la cuadra.

Las otras cuadrillas de policías se limitaban a peinar el terreno y recoger las botellitas pardas tiradas al piso en el Peruvian Family Festival, una playa de estacionamiento convertida en feria provincial, con decenas de ambulantes ofreciendo banderines, llaveros, calcomanías, picarones, anticuchos, ceviches, cds piratas. Sobre una tarima garganteaban algunos presentadores y cantantes subidos de peso a quienes sucedían estrellas musicales que hacía tiempo habían perdido brillo en el Perú.
Pero había en el aire una atmósfera, aunque típicamente peruana, distinta a lo visto en las Fiestas Patrias del Perú. Esa exageración de peruanidad no era peruana. Los peruanos del Perú no pasan el 28 de julio como en las horas previas de una final de fútbol, sino como unas pequeñas vacaciones de medio año. Pero aquí no. Hasta las más venerables tías usaban banderas bicolores como capa de Superman o, en su defecto, como mandil hábil para ventilarse las enaguas. Los colores rojo y blanco se metían en todos los resquicios del panorama. Pero decíamos que había una cosa rara, la revelación de que estos personajes ya no eran peruanos, sino una especie nueva, hija de la migración y otras penas largas de explicar. Estos personajes eran peruano-americanos, hispanos: la minoría más grande de los Estados Unidos, con 41 millones de individuos, dos millones más que los afroamericanos.

Estos peruano-americanos no hablan el español de la Plaza San Martín, sino algo todavía peor: un spanglish boricua con rezagos de jerga chalaco-victoriana que, en boca de los más jóvenes, se atoraba y dudaba articulando frases simples y que usaban el doble de palabras para decir algo tan sencillo como: Hola, cómo está tu familia.
Los peruano-americanos, fieles a la cultura reggaetón, usan la ropa muy holgada, como si un obeso acabara de tomarse una pastilla de raquitismo instantáneo y hubiera quedado vestido con un polo del tamaño de una sábana. En esas ropas llevan, orgullosos, lanzones de Chavín, escudos nacionales, tumis, máscaras Sipán, machupicchus, pero, ay, pregúnteles usted acerca de esos símbolos de la peruanidad y los muchachos pasarán horas explicando penosamente todo su orgullo cholo, pero nunca sabrán decir qué cosas son realmente ni cómo se comen. ¿Lanzón monolítico? ¿Señor de Si...qué? Y oígalos maldecir en dialecto peruano. Conchasumadrean sin saber exactamente en qué silaba colocar los cojones. Dicen Viva el Perú, carajo, sin poner nerviosa a la mosca que tienen encima del anticucho.
Pero, qué más da, son nuestros compatriotas y nos fundimos en el mismo abrazo.
Son peruchos, aquellos sobre los que tanto se escribe y comenta, pero de los que no se sabe nada a ciencia cierta. Son los que llegan al Perú con decenas de maletas llenas de regalos, los que caminan por su viejo barrio detrás de lentes oscuros y con mueca de que todo les apesta, los que exhiben alhajas y ropas rutilantes en la esquina, los que se regresan a EEUU prometiendo llevarse a los ilusos miembros más jóvenes de la familia, así que saca tu pasaporte nomás, los que mandan en conjunto remesas vitales para su familia y que significan divisas rápidas para la economía nacional.
Y son los mismos que estamos viendo aquí. Obreros de factorías, trabajadores de limpieza, almaceneros de supermercados, choferes, albañiles, cholos baratos para una mega economía que se alimenta como monstruo insaciable del trabajo embrutecedor de los tercermundistas que se instalaron a la mala en su territorio. Aquí vive el futbolista Perico León, a su venerable edad modesto obrero de una vieja fábrica textil donde sus jefes no saben que mantienen a una leyenda viviente como operador de máquinas. Aquí vino a lavar buses con manguera, y en pleno invierno, un cómico nacional que, pasados cinco años, ya obtuvo lo que quería: una vida estable que el Perú no le quería dar. Hoy espolea un negocio de gigantografías.

Los peruanos de Paterson celebran mientras pueden. Beber y cantar por la patria quizá sea la mejor terapia para no perderse en lo ajeno. Y no estamos hablando de los dueños de lo ajeno (que aquí la hacen linda en los confiados superalmacenes). Mañana volverán a sus 12 horas de trabajo diario. A sus calles abandonadas por los presupuestos federales, a su mal inglés, a sus barrios sumergidos en drogas y pandillas, a sus colegios más parecidos a correccionales, a esos policías que imponen papeletas a su antojo o, mejor dicho, según el color de la piel, al temor de la deportación. Porque ganar en dólares también tiene un precio en dólares.
De todo eso nos vamos enterando por boca de los peruanos de una ciudad que fuera centro fabril de Nueva Jersey y que hoy está condenada a un penoso deterioro. Ya sin gringos que lo habiten, el casco urbano es una colmena urbana degradada y feroz. La fealdad deprime pero se soporta si la familia está en la patria esperando por los aguinaldos. Después de todo la pobreza peruana es más fea aun.
A las siete de la tarde la gente empieza a ponerse sobria a la mala. Si un policía norteamericano te sorprende manejando con un incipiente tufo, lo que te espera (así luzcas tu bandera peruana saliendo de la ventana) es la cárcel, la cancelación de la licencia de conducir, el trabajo comunitario, la escuela de tránsito y una mancha que nunca desaparecerá de tu historia.
Algunos salones de baile para obreros exhiben carteles anunciando artistas importados (Sonia Morales, Eusebio “Chato” Grados, etc.). Pollerías y restaurantes como el de la Tía Delia revientan de peruchos llegados de ciudades vecinas. La pastelería Los Inmortales es calco de una bodega de Barrios Altos, decorada con banderines deportivos, camisetas enmarcadas y amarillentos afiches de futbolistas que en el Perú casi nadie recuerda. Hasta hornea panes toletes y franceses, empanadas y leches asadas con el gusto peruano. Aquí la Ña Pancha se vende como una joya de tierra santa, no tanto por el precio sino por el valor sentimental de la lavaza. Paterson es como una estación espacial muy lejana del planeta Perú y cualquier sabor, aroma, noticia, colección de sketchs cómicos en dvd que provenga de esa querida zona del mundo será admirada como una esfera mágica.
Este no es el sueño americano. Tampoco es Lima aunque me pongan diez anticuchos. Es una pesadilla de la que sólo se puede despertar pisando el aeropuerto Jorge Chávez.
Versión de un artículo publicado en La Primera, 2005.


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