
Mi gato se ha ido nuevamente de la casa, dudo de su paradero. Tengo la esperanza de un pronto retorno, aunque no tengo la seguridad que él extrañe a su amo. Yo, su amo, lo extraño ¿Es acaso que nuestro aprecio por los gatos no es reciproco? Jacquelyn Mitchard, escritora estadounidense, decía sin tapujos que: A juicio de los gatos, los hombres no somos más que muebles de sangre caliente. Si es así, porqué las letras de los escritores más renombrados le han dedicado líneas llenas de sentimentalismo a esos felinos arrogantes. Beppo y Odín, gatos del escritor argentino Jorge Luis Borges, han quedado eternizados en sendos poemas, incluso el gato de Edgar Allan Poe, Plutón, posee un cuento. Baudelaire, Neruda, Lewis Carrol, Cortazar, Hemingway (llegó a tener 30 gatos en sus estancia en Cuba) y tantos escritores más no han podido ceder a la tentación de tener un gato en casa. Es que quizás sea muy cierto que los perros buscan dueño y los gatos casa. Su elegante y lento caminar, sus siestas maratónicas, el jugueteo con las bolitas o canicas, el ronroneo previo a la caricia de una mano amiga, la crueldad con su presa preferida: el ratón. Todo eso y más propician un querer unilateral. Ellos fueron divinidad, siglos atrás, en Egipto, aborrecidos en la Edad Media; en este siglo solo quieren el sitial que un tiempo les perteneció: ser la predilección del hombre, un paso adelante del perro. No buscan amor, solo adoración. Eso está claro Cuando mis dedos acarician complacidos tu cabeza y tu lomo elástico,
y mi mano se embriaga con el placer de palpar tu cuerpo eléctrico, veo a mi mujer en espíritu. Baudelaire le escribía estos versos a su acompañante gatuno, que se paseaba entre las cuartillas plagadas de poemas. La compañía del gato se hace imprescindible en esas etapas de creación, le sucedió de igual manera a Hemingwhay en Cuba. Sea porque el gato cabe perfectamente en tus brazos, se acurruca en tu cuerpo, araña sutilmente tu traje, le han endilgado una tarea que cumple a medias: compañero en la soledad. Gracias a su papel de compañero, el gato ha recibido muestras de afecto inimaginables. Winston Churchill y Mahoma daban privilegios a sus mascotas que han de recordarse con curiosidad. El gato de Churchill asistía junto con su amo a las reuniones del consejo de guerra y en ciertas ocasiones paseaba orondamente sobre la mesa donde se debatían las decisiones a seguir.Mientras el gato de Mahoma dormía donde buenamente había de caer. En una ocasión no tuvo mejor idea que descansar sobre la manga de la túnica del profeta, el cual prefirió arrancar la pieza de tela y levantarse sin ella, antes que molestar a su adorado gato.
Sea lo que fuera, los gatos no están dispuestos a arriesgar su vida por nosotros como los perros, ni existen gatos que colaboren, como sus enemigos caninos, contra la delincuencia. No existe ningún gato en el circo, no desean divertirnos, sus juegos los complacen a ellos.
El amor por los gatos es unilateral y eso es lo menos importante; quererlos es lo que más nos gusta. Mi gato se ha ido, por lo pronto lo espero, si no vuelve lo entenderé y buscaré a su reemplazante. Aunque las puertas para su posible retorno nunca se cerrarán. Estoy solo, quiero un gato
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