
Usted puede pensar que el autor de este artículo, es un ser humano involucionado, racista, ignorante y demasiado atrevido para titular estas líneas, pero déjeme decirle que solo se trata de una piadosa estrategia para capturar su atención, pues aunque se pregunte sobre el tenor de esta misiva, puedo adelantarle que es antagónicamente distinto a todo lo que puede pensar.
Primero se trató de Dina Paucar y su historia televisiva, icono marginal, que entre su pollera multicolor y la tonalidad de una voz llena de sufrimiento, convoca masas y revuelca el polvo en cuanto estadio o corralón puede de algún extremo de nuestra ciudad. Pues quedó comprobado, el fenómeno de identificación en las grandes mayorías de muestro país –mayoría que según los aficionados al marketing se les conoce como niveles sociales C–D y E-, es una verdad relevante que no necesita ningún disfraz, ya que late como un volcán en nuestras calles.
Y luego del boom, llega “Chacalón: El Ángel del Pueblo”, una leyenda urbana que se gestó en la década de los 80S, en aquella lúgubre y mal oliente Lima, llena de idealismo y sueños de muchos jóvenes, que ahora venden sus conciencias por una tarjeta de crédito. En medio de todo eso, vio la luz una nueva corriente de expresión que en su momento reivindicó a los inmigrantes del interior del Perú en la capital.
Revisando aún más sobre esta cuestión ¿de piel?, podemos hablar de “Vírgenes de la Cumbia”, “Por La Sarita”, “Néctar en el Cielo” (a propósito, buen pretexto para subirse al coche de la tragedia), y en el horno está una miniserie sobre el legendario grupo de música tropical Los Shapis.
Entonces, podemos decir que está comprobado; copiar el patriarcal estilo de las telenovelas mexicanas que bordean lo entupido y que como valor agregado, catalogan a la mujer como ser inferior, débil y tonto, no funciona, ni mucho menos aquellas producciones con modelos lindas, superficiales y dietéticas a granel (les dice algo “Esta Sociedad”), que muestran una ficción como realidad a todo color y que por todo lo alto, se enorgullecen en darnos a conocer las “virtudes” muy cool de la burguesía limeña. En conclusión, es evidente que aquel argumento ya es obsoleto para nuestros tiempos de pantalla chica.
Quizás algunos revolucionarios de café u pseudos intelectuales, puedan ensayar sus hipócritas y mentirosas verborreas sobre las fusiones sociales, afirmando que vivimos en un país de “todas las sangres”, lleno de igualdad y oportunidades como en una galería de arte… A mi eso no me importa, solo me preocupa que nuestros adolescentes y jóvenes descontaminen sus cabezas y se divorcien de tanta basura “con contenido MTV” -como decía un conocido comercial de celulares-, no aspiren a un cambio de look en el nocivo “Lima Limón” y borren de su memoria el canal “E”.
Para los que se sientan incómodos por el “cholo” color en sus televisores, puedo decirles que me parece positivo que en nuestras pantallas, se reflejen historias como las descritas, auténticas, reales, que parten de nuestras propias costumbres y formas de vivir (no aceptadas por algunos aspirantes a la “alta sociedad”), que pintan nuestros días con el gris otoñal de Lima y buscan rescatar nuestra casi extinta identidad. Los que quieran acusarme de promotor marginal, pueden hacerlo con toda libertad, pero tengo que terminar este párrafo pidiéndole por favor que cuando pise un supermercado, no consuma lo importado y “quítese la careta”, como decía una canción de La Raza, desaparecida banda de rock nacional.
Escribe: Carlos Huamán
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