
Desde el balcón escucho las lamentaciones de su estómago. Pienso en cómo estarán sus intestinos, si aún segregarán líquidos gastrointestinales, si entrelazados consolándose unos a otros, o desahuciados con incurables úlceras. Si nadie le ayuda pienso que algún día sus intestinos entrarán en guerra; abrirán sus bocas sin dientes, y se tragarán entre ellos, sin piedad.
Es presa de un mutismo que le encierra la tristeza para sí mismo. Pero no es necesario que diga una palabra o que estire la mano. Si todos fuéramos sensibles, pienso que fuera el hombre más feliz del mundo. Bastaría con fijarnos en su mirada, con oler el viento que trae, con mirar el lodo que trae en sus pies, ver sus labios agrietados. He pensado invitarlo a darse unas vacaciones por acá. Le diré que es como tomarse unas vacaciones en gamínedes, en otro mundo.
Cierta oportunidad lo llamé por el que me han dicho es su nombre: Héctor. Enseguida volteó con la mirada gacha y robotizado estiró su mano implorando sutilmente que me apiade de él y aplaque su cruel hambruna. Por mi ventana le alcancé alimento, unos cuantos panes que le silenciarán los llantos estomacales. Y desde aquel día Héctor es mi amigo, a quién veo como los demás no ven, y de seguro él me ve como no ve a los demás.
El bamboleo de sus brazos lo caracteriza de los otros, de aquellos que dejaron de pensar y actuar como nosotros. Es palmaria su pronunciada frente que da la bienvenida al rey norteño. También es su estampa el desteñido pantalón marrón que día a día se fragmenta como si también tuviera un corazón de piedra y desistiera a ayudarlo, su barba jamaiquina en cuyo interior guarda celosamente partículas de polvo que algún día pasaron por su lado y decidieron ser parte de él, la gruesa capa de tierra de sus pies se convierte en la mejor plantilla para su arduo trajín: el caminar.
Con sus manos troza el viento piurano como una podadora enloquecida. No sabe de donde viene, ni a donde va. No lleva la noción del tiempo, de los días y de las horas. Ni siquiera sabe que es invierno y debe cobijarse en alguna madriguera. No tiene amigos que lo feliciten el día de su cumpleaños, ni él mismo se acordará de la fecha. El calendario se ha congelado para él, quizás, desde el día que decidió ver al mundo de esa manera.
Nunca le he visto pertenencia ni objeto alguno, sólo es dueño de su locura, por eso que nadie se le acerca. Así son los humanos; si hay donde sacar provecho ahí están todos, amontonados, sintiéndose hormigas, ¡sí!, hormigas trabajadoras que no bien ven al otro levantar un alimento se unen, te ayudan a cargar con tus problemas así éstos sean cien veces más grandes y más pesadas que ellas.
No puedo decir “desde algún lugar sale a caminar”, pues carece de hogar o centro que le ayude en su otra manera de percibir al mundo. Ya olvidó peinarse, pero la chifladura obliga a rascarse incansablemente la cabeza. No viste de morado, sin embargo, peregrina sin rumbo y con una única promesa; la de comer. Quizá ya olvidó el sabor mentolado del dentífrico, pienso que también habrá olvidado el dibujo de su sonrisa. Regala penas a cambio de un almuerzo, pues carece de madre que le llame para servirse sus comidas.
Es victima de burlas, inconcebibles misiles de saliva, corriendo también la suerte de las despiadadas flagelaciones de los cabellos rubios del sol que caen sobre sus hombros. Lo comparan con una fiera o un león que ha escapado del circo, alejándose volcánicamente de él con gestos de desprecio, retrocesos y varios ceños fruncidos. Él, deportivamente, rechaza todas estas brutalidades, ni siquiera reconoce la presencia de ellos. Si tan solo decidiera responderles, pienso, les diría que es indefenso y sólo busca subsistencia. Pero, de seguro, hasta la voz habrá perdido.
Por las noches, cuando el sol fallece, se regala a la perversa intemperie sin algún paño abrigador. Por las madrugadas se resigna al refrigerado clima, encerrándolo y haciéndolo suyo hasta el amanecer. No le ofrecen un vaso de agua, ahora le van a estar ofreciendo unas “buenas noches” o unos “buenos días”. No tiene hospitalaria cama, ni una confortable almohada, sólo las ganas de seguir caminando descalzo y sin control, sin amigos, buscando alimento y haciendo de sus días un cuento circular.
Cuando acaba de comer los panes que le he invitado, silente se retira y con verle agitar sus manos como las aspas del molino de El Quijote me siento muy contento, pues pienso me lo está agradeciendo.
PUBLICADO EN GUA.30 - PERIODISMO CIUDADANO - DIARIO EL TIEMPO - PIURA - PERU
PUBLICADO COMO CADENA (REENVIO) EN LA JUVENTUD PIURANA.
PRIMER RELATO DE LO QUE SERA MI LIBRO "EN EL DORMITORIO NEGRO"
Revisar comentarios a éste relato en mi blog personal.
http://richardchavez.blogspot.com/2007/10/mi-amigo-hctor-el-loco-mas-conocido-de.html
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