Hace unos días, un incendio acabó con la vida de 27 personas que se enconraban alojadas en un llamado centro de rehabilitación para adictos. Luego de esta tragedia las autoridades se echan la pelota sobre las responsabilidades. Toda acción que se haga a partir de allí serán, una vez más, una solución post morten.
¿Centros de rehabilitación?
rodandonoticias_peru Los que alguna vez fueron drogadictos o alguna otra dependencia de estupefacientes o alcohol, sienten que su experiencia de dependencia y su rehabilitación los faculta para fundar y regentar una de estos centros que pululan en la capital y el resto del país.
Si una cárcel que está regentada o bajo la administración de entidades y personas con algún tipo de conocimiento y experiencia, no le es fácil conseguir una rehabilitación de las personas presas y los conflictos y actos de indisciplina que allí se producen ¿qué se puede esperar de estos centros con personas intoxicadas y que la gran mayoría ha sido llevados por la fuerza?
Cierto es que los familiares de estas personas llegan a tener que decidir en llevar a sus familiares aun conociendo las condiciones en las que van a estar. “Prefiero su encierro allí, antes que aquí en la casa cualquier día cometa un delito o hasta un homicidio” nos dijo una madre de familia.
Los internados han llegado hasta a denunciar a sus familiares por haberlos llevado a un centro de rehabilitación del que, generalmente, escapan.
El peor momento para un interno o residente son los primeros tres meses, primero por la abstinencia, el haber sido, generalmente, llevados a la fuerza y el encierro al que son sometidos para evitar sigan con el motivo de su adicción. Es, en este momento, que se producen las refriegas, intento de fuga y agresiones a ellos mismos y/o a sus compañeros de encierro. Es por estas razones que son mantenidos bajo llave en las rejas. Las condiciones en estos casos son las peores.
Los que fundan estos llamados centros de rehabilitación no construyen los locales, los adaptan, pero no son muy exigentes en la distribución. Solo adaptan locales que en su gran mayoría no son los adecuados y, mucho menos, ofrecen condiciones de salubridad y comodidad para los internos o residentes como también les llaman.
Hay centros de rehabilitación que, siendo administrados por adictos rehabilitados, si se han preocupado por rodearse de profesionales que logren lo que ofrecen. Esto, lógicamente, cuesta y hace que las tarifas en estos centros resulten exclusivas para los que tienen una elevada economía.
El Estado debe preocuparse por fundar estos centros con las mejores condiciones, necesarias para lograr una rehabilitación. La carencia de estos es que hace un caldo de cultivo para la informalidad y la proliferación de seudos centros de rehabilitación, en los que se cobra y algunos llegan hasta a mandar a los más antiguos a recaudar fondos, por medio de la venta de productos y hasta de la predicación religiosa.
Alguna autoridad dijo que no podía intervenir porque estos centros funcionan bajo la fachada de un centro de culto. Esto le da otro entorno legal, pero las consecuencias resultan, como en el caso de la casa de San Juan de Lurigancho, con muchos muertos y es allí cuando las autoridades del sector toman, nuevamente, medias post morten.
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