
La madrugada de un 13 de mayo parió abruptamente un aparatoso accidente de transito sobre una larga autopista Argentina. El suceso: la desaparición instantánea de toda la agrupación musical Néctar que se encontraba de gira por esas tierras.
Ya a la mañana, Lima amaneció de negro, los noticieros daban los fatales detalles del fallecimiento de Jhonny Orozco y compañeros. El Perú lloró esta partida como si le hubiesen arrancado la piel. Néctar, la sabrosa y pueblerina chicha de Orozco y sus ahora himnos como “El Arbolito”, “Pecadora”, “El Baile de la cumbia”, entre otros, ingresaban al ranking sin precio de la frecuencia celestial.
Hoy, las radios (sacando buen rédito al asunto), su club de fans, los deudos y su viuda, han organizado misas y homenajes post muerte, “Néctar está en el cielo”, aseguran. El recuerdo de un hombre que con su música puso a bailar a millones ya no está. Las consecuencias: su “bomboncito” Dayvis Orozco es rubio, oficia como galancillo de telenovela adolescente y la cumbia es actualmente el boom comercial más agresivo que existe en el país.
Lamentablemente, es irónico que un grupo de Música Tropical Andina -que estuvo relegado y marginado por los medios oficiales de (in)comunicación para masas-, ahora ofrezcan su “reconocimiento” programando sus canciones hasta la convulsión mental. El tiempo y la historia siguen siendo muy tiranos: más valió la tragedia que la vena creativa de estos exponentes peruanos.
Txt: Carlos Huamán
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