Aquí un ejemplo Ecuatoriano, pero conozco a MUCHOS peruanos que hacen lo mismo:
"ES QUE A MÍ SE ME PEGA EL ACENTO"
Una noche, en algún noticiero de televisión, entrevistaban a un ecuatoriano que había sido deportado de España, y le preguntaban por el trato que había recibido en el avión. El hombre, indignado, respondía:
-Es que nos han tratao como a un saco de patatas...
¡Olé! diría yo al final, aunque lo que más provoca decir es otra cosa que por respeto todavía no voy a poner, aunque no garantizo nada si el texto lo exige; pero si el lector pone atención verá que el ecuatoriano, entre una de las características más notorias de su idiosincracia, cuenta con la pavorosa facilidad de perder el acento nada más juntarse, en su mismo país, con ciudadanos aunque sea de Colombia. Por ejemplo, uno de mis cuñados, cubano él, tenía una amiga que hablaba con el suave seseo de los colombianos, y respondía siempre "sí, señora", "no, señor". Hombre observador, le preguntó de qué parte de Colombia era, y ella le respondió, en un perfecto caleño:
-No, yo soy de aquí (de Quito). Pero hablo así porque mi novio es colombiano.
¡Ave María! Mi hermana lleva casada cuatro años y ni se le ha ocurrido llamar "chico" ni "chica" a nadie.
¿Por qué perdemos el acento los ecuatorianos? O mejor dicho: ¿por qué adoptamos en seguida el acento de otros lugares? Una prima mía, que recientemente visitó España, me decía: "He visto argentinos que viven treinta años en Madrid y no han perdido un así el acento". Y en treinta años pueden suceder muchas cosas, claro, entre ellas perder el acento. Pero los argentinos, los colombianos, los chilenos y los mismos españoles jamás lo pierden. Pueden adquirir un tonito, utilizar algunas palabras del léxico propio del lugar... pero en cuanto hablan se sabe de dónde son.
Para este fenómeno tan ecuatoriano de perder el acento podemos plantear algunas hipótesis explicativas, aunque siempre a manera de hipótesis muy personales y con poca o ninguna base científica, solamente la observación... y la experiencia que me dan mis años (je, je):
El deseo de que los demás sepan que hemos viajado: porque si vuelves, pongamos por caso, de México, y dos días después te encuentras con tu prima Alicia a la que no has visto en años, tienes que introducir por lo menos un"chido" o un "órale" en tu discurso, así ella te quedará viendo con ojos de qué le pasó a este, y tú tendrás oportunidad de contarle que estuviste en México, con mayor razón si sabes que ella jamás podrá un pie fuera de los límites patrios, por la razón que sea. Entonces el mismo fenómeno se da entre los que han viajado una semana a Miami, han hablado solo con cubanos y regresan más gringos que George Washington, o entre los que han sido deportados de algún país europeo antes aun de bajarse del avión y sin embargo regresan ceceando y diciendo "jodé" y "valee" cada tres palabras, cuando no hablando holandés (o lo que ellos y ellas creen que es holandés).
El deseo de que los demás sepan que hemos viajado, pero en versión tímida: esto se da, por ejemplo, cuando sucede lo mismo que reseñamos en el caso anterior, pero la persona en cuestión, al final de su frase, se encoge de hombros, sonríe tímidamente, enrojece un poco y da la explicación pertinente: "es que a mí, cuando voy a cualquier parte, se me pega el acento aunque yo no quiera"...
Explicaciones etológicas: En el fondo, lo que anima a perder el acento, si lo vemos desde el punto del vista del comportamiento meramente animal, es el deseo inconsciente y sin ápice de malicia, de imitar aquello que consideramos propio de los miembros "superiores" de la especie. Y sucede, muy lamentablemente, que según esto, la gran mayoría de los ecuatorianos consideramos superiores de la especie a todo el resto de la humanidad, comenzando por los colombianos y los peruanos, no se diga los chilenos, argentinos, brasileños, mucho más los españoles (por algo nos conquistaron)... ¡y ni hablar de los que son taaaán superiores que ni siquiera hablan español! Es la actitud del animal pequeño en su especie que eriza el pelo para que el más grande se atemorice o lo considere uno de los suyos. Solo que en esta actitud (la de apegarse al acento ajeno) hay una gran dosis de ingenuidad, pues el que imita el acento no se da cuenta del sinnúmero de factores que por el momento traicionan su imitación: la talla, el color de ojos, el lenguaje corporal y el mismo acento con que intenta imitar el otro acento.
En el fondo, un doloroso y vergonzante deseo de ocultar lo que uno es: alguna vez, una de mis hermanas hizo un viaje a Chile con alguna de sus amigas. Era una pasantía de un mes en la universidad. Nada más bajarse del bus, la amiga de mi hermana hablaba como si hubiera nacido en Santiago, Concepción o Temuco; pero el colmo fue cuando mi hermana (pobrecita) seguía hablando como ecuatoriana quince días después, entonces su amiga, con aires de superioridad, llegó a decirle esta escalofriante frase: "Mejor déjiame hablar a mí, porque cuando vos hablai (uivona) la gente se puede dar cuenta de que somos ecuatorianas (!)".
Puesta a soñar, que no es una cosa mala, me gustaría llegar a ver el día en el que por colombiano que sea el novio de cualquiera, la muchacha conservara el acento ecuatoriano; el día en que el deportado e injustamente maltratado respondiera, con mayor indignación aún, en la entrevista:
-¡Chuta, si nos trataron pior que a un costal de papas, carajo!
Y el día en que en cualquier parte, a cualquiera de nosotros, nos embargara el orgullo cada vez que cada uno de los extranjeros que nos escuchan se diera cuenta de que nacimos en el Ecuador, y a mucha honra.
(Ahora que, si me preguntan, les contaré que a mí no se me pega el acento en general, pero si me voy a Cuenca, cuando regreso, es de oírme cantar... Como si me hubieran parido a orillas del mismito Tomebamba, ni más ni menos.)
Piénsalo tú también... sobre todo si "se te pega el acento".
El blog de Lucrecia Maldonado.
http://ganasdehablar.blogspot.com/2006/12/he-pensado.html
Etiquetas: acento, acomplejado, atorrante, idiota
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