Aprovecho una pausa en esta horrible amanecida chambística para proponer un tema medio frivolón, después del fuego graneado de los últimos dos días.
Leo en la Red una noticia desconcertante:
Las personas más altas son más felices, en promedio, que las de baja estatura, según reveló un estudio realizado en Estados Unidos.
Los datos del Gallup-Healthways Well-Being Index (Indice de Formas de Bienestar Gallup) revelaron que las personas más altas estaban más satisfechas con sus vidas y eran más propensas a emociones positivas como el disfrute y la felicidad y menos proclives a sensaciones como la ira, la tristeza y el estrés. (...)
“Cada pulgada adicional de altura [sobre el promedio] tiene el mismo efecto en el informe de satisfacción personal con la vida que un 4 por ciento de aumento en el ingreso familiar”, calcularon los expertos.
(Noticia completa
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¿Eso quiere decir que los peruanos en general estamos por ahora condenados a la melancolía? El estudio citado puede debatirse, claro, y se supone que sólo ha descubierto una correlación entre la satisfacción personal y la variación de la talla con respecto al promedio de una población dada, pero hace unos buenos años el promedio de estatura de las ciudades costeras del Perú, o de ciertos sectores de dichas ciudades, se ha venido incrementando hasta dejar muy atrás el promedio de las poblaciones del llamado "interior". Esto, unido a la costumbre de nuestros publicistas de presentar en los comerciales televisivos e impresos a gente blanca y a todas luces alta, podría inducir a muchos peruanos a compararse con estereotipos bastante alejados del tipo medio, lo cual, según el estudio de Gallup, añadiría a nuestra desastrada vida nacional e individual más razones para la infelicidad.
Ya sabemos que la estaura física es un albur (hay peruanos de casi dos metros y vikingos de metro y medio), que Napoleón no era más alto que cierto soldado impertinente pero sí más grande, que una alimentación balanceada obra maravillas sobre el fenotipo (miren a los japoneses), etcétera. Pero sigue siendo cierto que los peruanos nos contamos entre los más bajitos de Latinoamérica. Basta con subir a una combi y fijarse en la distancia entre los asientos para calcular el tamaño de los pasajeros que viajarían cómodos en esta clase de vehículos. Para algunos es un suplicio encajonarse en ellos, mas no para la mayoría.
Para nadie es secreto que debido a nuestra talla promedio los peruanos somos objeto de burla entre los chilenos, argentinos, españoles (etc.) de baja estofa. Sabiendo lo rápido que circulan en nuestra patria estos rumores y la prontitud con que incubamos complejos y resentimientos, el informe de Gallup pareciera darnos el cachiporrazo decisivo. Así que no se lo digan a nadie.
No soy ni bajo ni alto, aunque estoy por encima del promedio peruano (1.63 para el varón, según el INEI en 1998). Pero me pongo una mano en el pecho y me pregunto si me lo hubiera tomado con tanta ligereza de haber rondado la estatura media nacional. Amigos míos, debo confesar que no. En fin, no hay peruano sin complejos, siquiera uno mínimo (¿o sí?). Aunque sea el complejo de reconocerse probablemente acomplejado en otras circunstancias. Qué horrible (y esta amanecida también).
¿Qué piensan? (En realidad creo que no hay mucho que decir. Yo ya no pienso a esta hora.)